—Porque, debemos hablar clarito—exclamó—; si usted no está seguro de ganar... ¡qué diablos!... ¡no hay nada de lo dicho!

Y Marta, que sin duda pensaba con zozobra en que los quince mil francos de su dote podían perderse, agregó suavemente:

—Yo también soy partidaria de esperar; ¿no le parece á usted, señor Thom? Tendremos paciencia.

Estas palabras cautelosas de prudencia y desamor sacudieron el cuerpecillo del jockey, que miró á Marta fieramente. La joven parecía resignada, y la serenidad de su actitud ratificaba la decisión de su padre. Juan Thom sintió que aquel último baluarte de su felicidad se le escapaba también, y su orgullo de jinete y su cariño hacia Marta le devolvieron su vigor derrotado.

—Pueden ustedes apostar por mí—exclamó—; y no hablemos más de esto. ¡Cromwell vencerá!

Vacilante, el tabernero se atrevió á objetar:

—¿Y si se equivoca usted?

—No, señor.

—Sería horrible que usted, llevado de su buen deseo...

El jockey le interrumpió con un gesto vertical y magnífico de emperador.