—Repito que no me equivoco—dijo—; yo sé lo que prometo. Cromwell vencerá.
Durante los cuarenta días que faltaban aún para la celebración del famoso concurso hípico que marca la dispersión de la aristocracia parisina hacia las estaciones balnearias, Juan Thom dedicó todos sus afanes á la educación física y moral de Cromwell. Era un caballo negrísimo y de alzada gigantesca, fino de extremidades y de cuello; su cabeza, fea y grande, tenía un extraordinario poder; al andar había en todo su cuerpo un vaivén de agilidad suprema. El pequeño Thom pasaba los días junto á él, estudiando su condición, acostumbrándole á sus mañas, adiestrándole en aquellos esforzados ejercicios que mayor elasticidad y entereza podían dar á sus músculos, corrigiendo cuidadosamente la calidad de sus piensos. De noche, antes de acostarse, también iba á verle, mimándole, hablándole, procurando voluntariamente dedicarle aquel gran cariño paternal que sintió por Rick. Y había en este esfuerzo algo del empeño inútil que ponen las madres en consolarse, con el hijo que les queda, del hijo que se fué.
También trató de enseñarle aquel grito de guerra que hizo á Rick invencible:
—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Pero este avatar misterioso no despertaba en Cromwell ninguna emoción. El jockey que desbravó á Cromwell, y pasaba por ser uno de los mejores caballistas de Inglaterra, ¿poseería también algún golpe ó palabra que tuviese la capacidad de desbocarle?... Esto era imposible averiguarlo, pues tales secretos los jockeys no se los dicen nunca, y Juan Thom se alivió considerando que el grito que trastornaba á Rick nadie lo sabía tampoco.
No satisfecho con perfeccionar las excelencias físicas y morales de su nuevo caballo, el veterano jockey, aprovechando cuantos detalles pudiesen cooperar al buen éxito de su empresa, construyó una fusta especial, á la vez ingrave y durísima, y mandó fabricar una silla que apenas pesaba dos libras y cuyas acciones de lana y seda tejió él mismo: y, finalmente, sometióse á nuevos masajes y á severísimos ayunos. Bien pronto apareció más pequeño, más flaco; su busto se encorvó; acentuóse la canal de su nuca; sus mejillas terrosas, maculadas de pecas, tenían la palidez de los cadáveres; su cabeza chata y puntiaguda de simio llegó á ser repugnante. Una tarde Juan Thom comprobó alegremente que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.
En la taberna del señor Gustavo no se hablaba mas que del «Gran Premio». La misma Marta parecía emocionada, como si aquello fuese más que un asunto de interés, una cuestión de amor propio. Todas las noches, después de cenar Thom, los novios hablaban un ratito. El señor Gustavo, para no estorbarles, cogía un periódico y se sentaba al otro extremo del establecimiento.
—¡Trueno de Dios!—pensaba—, bueno es que los muchachos vayan acostumbrándose el uno al otro.
Pocos días antes de las carreras, Marta se mostró más efusiva, «más mujer» que nunca.
—Mi padre—dijo—ha visto á Cromwell y está entusiasmado; le gusta más que Rick.