Y añadió confidencial, bajando la voz:

—Creo que, en lugar de quince mil francos, va á jugar veinte mil; todo lo que tiene. Si él llegase á decirle á usted algo, yo ruego á usted que no se dé por enterado.

El jockey hizo un ademán de asentimiento; estaba embelesado; aquella súplica inocente le había parecido dulce como una caricia. El, por su parte, vació en Marta su corazón.

—Yo también apostaré á Cromwell todas mis economías: treinta mil francos. No es mucho... pero... ¡no tengo más!...

Ella, cariñosamente, le llamó «ambicioso». Con cincuenta mil francos y un poco de orden podían abrir una taberna, ó una tiendecita de sombreros para señoras, y vivir tranquilos.

—Yo—concluyó—aprendí cuando niña el oficio de sombrerera y me gusta mucho.

Oyéndola Juan Thom entornaba los párpados, sintiendo que á la felicidad se la ve mejor con los ojos cerrados.

Luego, tímidamente:

—¿Por qué no nos vamos á España, á un pueblo...? ¡Oh! Tengo tantos deseos de vivir en el campo...

Marta le interrumpió, y hubo en la seca displicencia de su gesto una gran crueldad.