—No, eso, no. A mí no me gusta el campo, no piense usted en el campo. Yo no quiero salir de París.
Cuando Juan Thom se fué, la joven le acompañó hasta la puerta.
—Adiós, Marta; mañana vendré temprano.
—Adiós, señor Thom.
El se alejaba, volviendo á cada dos ó tres pasos la cabeza, y ella le saludaba con la mano. Al fondo de la calle había un farol, traspuesto el cual ya se perdía de vista la taberna. El jockey lo sabía y allí se detuvo. La luz caía aplomo sobre él, poniendo un nimbo lechoso á su figurilla mezquina y ridícula. Marta sonreía. Nunca el pequeño Thom la había parecido tan feo.
VII
Juan Thom consultó su reloj; las ocho; hora de cenar. Sin perder momento cerró cuidadosamente el armario de luna y miró á su alrededor, cerciorándose de que todo, dentro de su pulcro gabinete de soltero, quedaba limpio y ordenado. En el recibimiento recogió su sombrero, que acostumbraba á encajárselo bien sobre el occipital, como hacía en los hipódromos con su liviana gorrilla de jockey, y salió. Comenzó á bajar la escalera; sus pies calzados con botas de charol, pies enjutos, pequeños como los de un niño, rozaban delicadamente los peldaños alfombrados.
Al llegar al portal le entregaron una tarjeta roja con filetes dorados, que olía á heliotropo. En el fondo bermejo y satinado del cartoncillo aparecía en caracteres blancos, de la más fina escritura inglesa, un nombre de mujer: Ana María.