—Esta tarjeta—dijo la portera—debe de haberla traído la misma interesada. ¿La conoce usted?
El jockey alzóse de hombros, ingenuo y desdeñoso.
—No recuerdo.
—Vamos, señor Thom, no sea usted hipócrita...
A la insinuación maliciosa de la portera, sonriente, el diminuto Thom opuso un gesto escéptico y triste.
—Demasiado sabe usted que las mujercitas no me preocupan.
—Ya lo sé, señor Thom...
Y al reconocerlo así, la buena mujer, que había tenido varios hijos, suspiró y miró á su inquilino con esa sincera piedad que inspiran á las madres de familia los hombres que llegaron á viejos sin haber sido amados. Agregó:
—Si quiere usted esperar á esa señora... dijo que volvía en seguida, que tuviese usted la bondad de aguardar un poco...
Juan Thom examinaba la tarjeta perplejo, con ese aire idiota que adquiere el semblante del hombre á quien le dan á leer un libro escrito en un idioma que no comprende.