—No sé...—murmuró suspirando—no sé... ¿Y si tarda?

En aquel momento penetró en el portal, llenándolo con el frufruteo perfumado y alegre de sus faldas, una mujer alta y rubia, hermosa, con hermosura imponente y llamativa, bajo las alas ondulantes, artísticamente complicadas, de un enorme sombrero blanco. Una blusa color salmón, con mangas transparentes de encaje, ceñía apretadamente su busto magnífico, á la vez flexible y pomposo. Tenía los ojos azules y grandes, la nariz corta; en el óvalo del rostro carnoso, «maquillado» como el de una actriz, los labios retocados exageradamente de carmín, pintaban un clavel sangriento. Avanzó resuelta, segura de agradar.

—¿El señor Thom?...

—Servidor de usted.

—Esta tarde tuve el honor de dejarle mi tarjeta... deseaba hablar con usted.

—Estoy á sus órdenes, señora; si quiere usted molestarse en subir á mi cuarto...

Ella le examinaba curiosamente, sorprendida de que aquel hombrecillo, que en los hipódromos parecía llevar á la Fortuna bajo las rodillas, fuera, visto de cerca, tan mezquino y tan feo.

—No—dijo—, podemos dar un paseo: mi automóvil nos llevará adonde usted guste.

Salieron. En la esquina más próxima esperaba el automóvil de Ana María; un soberbio «Renault» pintado de amarillo, trepidante, amenazador en el nimbo rojizo de sus focos encendidos. La joven subió la primera, y al apoyar su pie sobre el estribo, todo su cuerpo espléndido tuvo una larga oscilación voluptuosa. Cerca de ella se acomodó Juan Thom; sus pies apenas tocaban al suelo; en la amplitud del vehículo, el pequeño jockey, con su rostro anémico y flaco y su sombrero metido hasta el cogote, daba la impresión de un niño enfermo.

El «Renault» de Ana María rodaba silencioso y pausado sobre los densos pneumáticos de sus ruedas.