—No importa; para los automóviles no hay distancias.
Sus dedos finos y blancos, ricamente enjoyados, repicaron frívolos sobre los cristales delanteros del vehículo. El chauffeur volvió la cabeza, y sus ojos negros, llenos de vehemencia moza, miraron á la joven osadamente, cual si en ellos persistiese aún la impresión de haberla visto desnuda alguna vez... en una noche de aburrimiento quizás...
Ana María gritó:
—¡Hacia la puerta Maillot!
Después, volviéndose confidencial hacia el jockey, agregó:
—Lo que necesito comunicarle se dice pronto; yo creo que llegaremos á entendernos...
Rápidamente demostró conocer la historia artística de su interlocutor durante aquellos dos últimos años. Juan Thom sonreía, asombrado y contento. Ella le citó nombres de caballos célebres, le habló de Rick y de sus éxitos más notables; su conversación fácil, en la que barajaba familiarmente nombres de jockeys y de sportsmans célebres, probaba que Ana María conocía perfectamente la vida íntima de los hipódromos. Las carreras de caballos la exasperaban, y en ellas había disipado y rehecho su fortuna varias veces. Aquella pasión insensata la arrebató sus amantes más generosos, que la dejaron, cansados de malgastar dinero. El año anterior había perdido cerca de medio millón de francos. También habló de Cromwell.
—El objeto principal de mi visita—añadió—es saber, pero con fijeza absoluta, si usted está seguro de triunfar con Cromwell en las próximas carreras del «Gran Premio».
El rostro de Juan Thom adquirió bruscamente una expresión cerrada, impenetrable.
—No puedo—dijo—dar á su pregunta ninguna contestación concreta. Todos los jockeys peleamos sobre el turf con absoluta buena fe; usted lo sabe... Hacemos cuanto podemos, cuanto sabemos... pero no es lo mismo tener «la esperanza» de vencer, que «la seguridad» de vencer...