Ana María le interrumpió con una sonrisa callada, suave, acariciadora como el roce de un terciopelo.
—Todas esas son «palabras...», señor Thom, y yo no me doy por satisfecha con tan poco. Necesito y merezco saber más. Sea usted franco; no tema usted. Yo soy la querida del marqués de Laverie... el propietario de Cromwell.
La sorpresa agudísima que crispó las facciones del jockey dibujó sobre los labios acarminados, lascivamente prometedores, de Ana María, una nueva sonrisa.
—Ya ve usted—concluyó—que no está usted tratando con una persona extraña.
Prosiguió hablando con aquella voz persuasiva y blanda—voz de alcoba—rica en desmayos y cadencias de amor, que tan alto y penetrante merecimiento daba á sus palabras. Ella estaba resuelta á jugarse en las próximas carreras todas sus economías: ciento cincuenta mil francos. ¿Pero, á cuál de los dos principales corredores? ¿A Cromwell... á Rick?...
Había cogido entre sus manecitas hadadas la diestra flaca y dura del jockey.
—Prescinda usted por un momento—murmuró—de su orgullo de jinete. Ya sé que pido mucho... Los artistas, y usted lo es, antes que hombres son artistas... Pero no olvide usted que, si es usted bueno para mí, yo sabré ser muy indulgente y muy generosa con usted...
Calló para mirarle de frente, y en sus largas pupilas azules había un infinito de amor. El pequeño Thom tembló y sus mejillas pecosas se colorearon ligeramente, Balbuceó:
—Siga usted...
—Yo necesito saber—continuó Ana María—si Rick ha sido invencible porque usted lo montaba, ó si, por el contrario, usted ha sido invencible porque montaba á Rick. Si lo primero, yo apuesto por Cromwell; si lo segundo, apuesto por Rick.