Había rodeado con uno de sus brazos semidesnudos el cuello delgado de Thom, y le atraía hacia sí, ofreciéndole apoyo y generoso descanso en la ampulosidad de su seno odorante y magnífico. Transtornado Juan Thom, iba á condenar á Rick, pero se contuvo.
—Rick—dijo—vale mucho.
—¿Y vencerá?
—No, señorita. Vencerá Cromwell.
—¿Por qué?
—¿Y para qué quiere usted saber la razón?... Conténtese usted con estar segura de que la victoria será mía... nuestra...
Y repentinamente, como si tuviese prisa en quebrar aquel hechizo sensual en que la joven iba envolviéndole, añadió:
—Yo tengo novia, señorita... y mi novia, con quien pienso casarme este verano, juega toda su dote á Cromwell.
Esta confesión varió el rumbo del diálogo, cual si á partir de aquel instante la imagen de Marta se hubiese instalado entre ambos interlocutores separándoles. Fué la conversación leal, íntima, sin asomos sensuales, de dos amigos que se unen para realizar un buen negocio.
—¿Ganaremos, señor Thom?