—Ganaremos, señorita; no lo dude usted. El automóvil se detuvo. Ella preguntó:
—¿Hemos llegado?
El jockey miró al través de los cristales y reconoció aquel farol desde donde se perdía de vista la taberna de Marta.
—Sí—repuso—, hemos llegado.
Apeóse del vehículo, y sus manos esqueléticas estrecharon cordialmente las manecitas cariñosas de Ana María.
La joven exclamó:
—Después del «Gran Premio» búsqueme usted. Quiero que su mejor regalo de boda sea el mío.
VIII
Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de millares de coches; los automóviles y los vehículos á la Dumont atronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del sol.
La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellos Le Journal, apostaban por Rick y recordaban su historia; aquella historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo de Francia». En cambio, el diario Les Sports votaba por Cromwell y publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre el turf de Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.