Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos, mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y coléricos el momento del combate.

A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose, levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los coches que ocupaban el centro del turf oscilaba una muchedumbre de sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades llamativas.

La aparición de Cromwell fué saludada con nutridos aplausos por un grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén, y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la demacración amarillenta del rostro.

Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho suyo, había pensado mucho en Rick: él recordaba que su querido caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente, sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora, por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.

Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.

—Si gano la carrera—pensaba—me caso con Marta y aseguro mi porvenir, mi felicidad. Pero si Cromwell vence, Rick, que es mi pasado, mi historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor caballo del mundo...»

Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el hombre se encontraron frente á frente.

Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera, consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico era una falta de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida, vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba recordándole lo prometido.

Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario, inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.

Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.