El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia. Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...
Al principio, todos avanzaron juntos, formando una masa palpitante y terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.
Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de «hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate. Los demás continuaron.
Bien pronto Rick, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera, huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las águilas. Junto á él iba Cromwell, menos corpulento que su enemigo, pero corajoso y ardiente como Al-Borak, la yegua hadada que llevó á Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...
La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom, que se había limitado á impedir que Rick se le adelantase, alzóse sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de líneas rojas. Cromwell, enardecido por la cólera del dolor, aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...
Durante algunos segundos, Cromwell y Rick pelearon sin sacarse ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos, sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom, Cromwell avanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de tierra...
Un grito formidable atronó el espacio.
—¡Pierde Rick!—exclamaron millares de voces—¡Rick pierde!...
Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal de Rick, y Rick no era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna, ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta fuese tan pequeña...
Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía á Rick invencible.