Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real, con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué tan cautivadora, que apenas si logró percatarse de lo que la orquesta y los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres, con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños, embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...
Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió al foyer. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil, también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos, con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de finos tarsos vislumbrados tras el misterio perverso de las medias caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los antebrazos.
Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.
—¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!
Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo. Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita. Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.
—¡Muchacho!—exclamó—; ¿tú por aquí?
Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:
—He venido á ver esto...
Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.
—¿Y qué haces en Madrid?