—He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior, que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma calle.
—Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.
Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:
—Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de cabeza...
Enrique hizo un signo afirmativo.
—Alicia Pardo, ¿la conoces?
—No, señor.
—Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».
Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se supone admirado.
El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y en la soledad del foyer, bajo la claridad blanca de los focos eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó: