—Sígueme; te presentaré á mi amiga.

Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:

—No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.

Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura y flexibilidad juveniles. Sin responder palabra, Enrique Darlés le siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.

Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:

—Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.

Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia. Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas; dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.

Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la cortina y fué á refugiarse al fondo del antepalco. Al principio quiso huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto; apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma, alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un lamento inconsolable.

Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló; antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurda duró poco; la orquesta languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo» capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves, alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la amargura de todo cuanto fué y ha de ser.

Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él, terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor, curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos, perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?