El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. El hubiera querido ser rico, no tener familia y hallarse expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...
Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en sollozos.
Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven llenáronse de sorpresa.
—¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?
Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su amigo:
—¿No te parece? ¡Estaba llorando!
Enrique, avergonzadísimo, dijo:
—No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...
Ella repuso sonriendo:
—Tiene usted novia, ¿verdad?