—No... no, señorita.
—Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.
—¡Es raro!... A mí, no.
Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave—nieve y terciopelo—de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel sacó su petaca.
—¿Quieres?—dijo.
—Muchas gracias.
—¡Buen chico!—exclamó el diputado—; no tiene vicios.
Alicia interrogó:
—¿Qué, no fuma usted?