—No, señorita...
—¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.
Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres, generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia; de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.
La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría, taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron la melancolía.
Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos, poseedores de una mujer bonita, exclamó:
—Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no viste en nuestro pueblo cara igual?
Y agregó triunfante:
—Además, no me cuesta mucho. Cuando nos conocimos, la pregunté:—«¿Qué quieres de mí?» Y me contestó:—«Que me abones á una platea del Real» ¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.
A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía; mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.
Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse amar por un muchacho así.