Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa. Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.
—¡Enrique!—repitió—; ¡es muy bonito nombre!...
Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia, llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también, como quien examina una muy excelente obra de arte.
En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El tercer acto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.
—¿Te quedas?—preguntó el diputado á Darlés.
—No; muchas gracias.
—¿Por qué?
—Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.
Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:
—Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á ocho.