Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente, como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles, trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su juventud y luego les acompañan toda la vida.
II
Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió. Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros picarescos.
Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento, muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse enormemente, no hubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.
Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie—decía—; me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo adquirido, su caudal no aumentaba.
Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.
Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante, Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.
—¿Qué hace usted?—gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo sagrado.
Ella repuso:
—Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos hacer otro tanto.