Enrique tomó asiento.
—¿Y don Manuel?
—Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.
Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros, mostrábase interesante y dulce como un paje.
—Soy rara—continuó—, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan bastante menos de lo necesario.
Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:
—¿Y de dónde proviene su disgusto?
—No lo sé.
—¿Cómo?
—Lo que usted oye. A menos que...