Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:

—Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.

Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:

—¿Suele usted pasar por la calle Mayor?

—Muchas veces.

—¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los números pares, cerca de la Puerta del Sol?

El estudiante hizo un signo afirmativo.

—Pues si le gustan á usted las joyas—continuó Alicia—, fíjese en el collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy, casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de las piedras, sino por su engarce.

—Valdrá mucho...

—Quince mil pesetas.