Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa. En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro» continuó:

—Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.

Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil, podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho. Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:

—¡Si yo fuese rico!...

Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas, trémulas de emoción, del estudiante.

—¿Le gustan á usted mis manos?—preguntó.

—Extraordinariamente.

—Dicen que las tengo grandes.

—Al contrario, son pequeñísimas.

Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina, alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros, los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz, componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.