—Cuando pase usted por la calle Mayor—insistió la joven—examine bien el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.

La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.

Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.

—¿Se marcha usted?—preguntó Alicia.

—Sí; me voy á cenar.

Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse horrorosamente.

—¿Por qué no cena usted conmigo?—dijo.

—¿Para qué?

—¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.

—Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...