—¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué pronto recobro el buen humor.

Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una camarera se presentó.

—Díle á Leonor—exclamó Alicia—que tengo un convidado. El señorito Enrique cena conmigo.

Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta, transfigurada.

—¿Ha visto usted—dijo—el drama que estrenaron anoche en la Princesa?

—No.

—Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...

Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.

—Como usted guste—repuso, ya más tranquilo.

—Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.