Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios abiertos y cerrados con ímpetu.

Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal humor de Alicia le beneficiaba. Ella le retenía á su lado porque se fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una casta y cordial amistad.

Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos y los cuadritos de bazar, de escaso mérito pero de vistosos marcos, que cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los amores mercenarios que habían pasado por allí.

Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva. Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos hombres vagabundos una huella inmortal.

Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.

—¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos minuto.

La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de naranja y dorados plátanos.

En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda fila. Cuando llegaron, la función ya había comenzado. No obstante, la presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa, casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de cabeza.

Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes, produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado, y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.

En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.