—¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?
Enrique fingióse sorprendido.
—¿Vergüenza?—repitió—; ¿y de qué? Al contrario...
Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.
Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.
—Quiero conocerle—decía.
Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó dirigiéndose á Enrique:
—Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi amiga Candelas le conoce mucho...
Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida, enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...
«Si yo no estuviese aquí—pensó Darlés melancólico—, seguramente ella iría á buscarle...»