En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría. Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.

A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció. Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:

—¿Dónde vamos?

Sorprendido, él repuso:

—A tu casa; tomaremos un coche...

—No, á mi casa no.

—¿Cómo?

—Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.

Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas. Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.

—Resuelve pronto—balbuceó—; me muero de frío.