Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de pronto:

—Si quieres cenar, vámonos á Fornos.

Ella hizo una mueca de espanto.

—¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.

—Entonces, vamos á casa de Morán.

—Menos; allí también puede haber algún amigo mío.

—A la Viña P.

—Tampoco; no me atrevo...

Y agregó, con ingenuidad cruel:

—No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían que tengo caprichos, me llamarían loca...