Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:
—¿Qué hora es?
—La una y cuarto.
—Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que nos lleve puede traernos.
—Es... es que...
Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.
—Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.
—¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas siquiera... doscientas pesetas?
—¡Doscientas pesetas!—balbuceó Enrique Darlés aterrado—; no... no...