—¿Y cien?

—Tampoco.

—Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?

Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios, replicó:

—Si apenas me quedan dos duros...

Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas, que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser pobre.

—¿Y con diez pesetas—dijo—me proponías ir á Fornos?

Avergonzado, Enrique contestó:

—No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.

Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura: