—No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un cafetín económico. Me es igual...

El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.

—¿Y si la cena te disgusta?

—¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees que siempre fuí rica?

—En tal caso...

—Sí, llévame... méteme en tu vida...

Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás. El repetía febril:

—Alicia, mi Alicia...

Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.

III