Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí. Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante; porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El estudiante tartamudeaba:

—¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?

—No, señor; ninguno.

Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese renunciar completamente á la ilusión que allí le había llevado, murmuraba:

—Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré mañana.

Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo, volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.

Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le causaban, había como un presentimiento.

Entre tanto, su alma infantil pensaba:

—Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.

Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos, sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo, fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la joven una postal desesperada, un poco enigmática.