«Mañana iré á verte—decía—; si no me recibes, me muero. Sé compasiva. Mi cuartito ya no huele á ti.»
La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su sorpresa la inspiró cierto regocijo.
—Sería interesante—pensaba—que ese muchacho se prendase de mí como un héroe de drama.
Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidad novelesca. Ella no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para el que lo siente como para quien lo inspira.
El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que «no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey, después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.
Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darlés había ido á visitarla hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.
—Pero ¿qué quiere?—exclamaba—; porque yo no lo sé...
Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.
Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.
—Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.