El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba. Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que acogemos á los visitantes que nos son molestos.
Teodora reapareció.
—Dice la señorita que puede usted pasar.
Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:
—¡Hola! ¿Es usted?...
Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le presentó.
—El señor Darlés; mi amiga Candelas...
Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de su amiga tuvo una respuesta vertical:
—No—dijo—, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de Manolo.
El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez, quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase; en la conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».