Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia preguntó:

—¿Qué novedades hay, Clotilde?

La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón alfombrado.

—Llevo—dijo—las mejores faldas de barro y las mejores medias del mundo.

—¿Muy caras?

—Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de gastar dinero.

En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo, Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.

—¿Cuánto cuesta esta falda?

—Por ser para usted, cien pesetas.

—¿Y ésa, la heliotropo?