—Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!
Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias, recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar sobre el alféizar de sus azoteas.
Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros. La vendedora insistía:
—Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato medio maravedí.
Y agregó, dirigiéndose á Enrique:
—Vamos, este caballero se la regalará á usted.
Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado á cambio de aquellos quince duros malditos...
Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete; la conversación cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.
—Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.
Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los niños, fué de inmensa pena.