—Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que el hombre que me lo regale me conquista.

—¿Cuánto vale?

—Quince mil pesetas.

Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:

—Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...

Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso. Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo piedad de él.

—Le despediré á usted—dijo.

Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se desataron.

—¡Alicia, Alicia!—balbuceaba—, ¿por qué eres tan cruel? Me muero por ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...

Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.