—Mis libros se quedan en su sitio; ¿qué necesidad tienen los pobretes de exponerse a perder un canto por esos andurriales?
—¿Y cuando quieras leer?
—Compro uno.
—¿Y qué haremos de los libros comprados?
—Si encuentro alguno bueno lo guardaré; pero lo bueno escasea tanto que probablemente me cabrán todos en un bolsillo del chaleco; los malos, los tiro o los quemo, o los cambio en las estaciones del tránsito por vasos de agua o por naranjas...
Estaban a mediados de febrero y la gente moza y alegre de Madrid, animada por la festividad del día y por un hermoso sol primaveral, bajaba al Prado y a Recoletos en bulliciosa manifestación.
Era domingo de Carnaval.
Las máscaras ejercían sobre Consuelo atracción irresistible, aunque ignoraba, con el candor de una niña, los placeres de que las mujeres disfrutan llevando el semblante bajo un antifaz.
El Carnaval se asociaba en su memoria a recuerdos infantiles que la transportaban quince años atrás, cuando era una rapaza que pasaba las noches pensando en los pollitos culones de la señora Daniela; eran recuerdos inocentes, que todos los años se renovaban produciéndola la misma dulce y poética complacencia.
Siendo niña se asomaba a la ventana a ver las máscaras mientras oía con suave ensimismamiento “El carnaval de Venecia” de Schulhoff, tocado al piano por una vecinita suya; y mezclando las notas populares que sirvieron de tema al profesor alemán para componer su célebre obra, con la idea que ella tenía formada de Venecia, llena de góndolas, y los monigotes embadurnados de amarillo y de verde que desfilaban ante sus ojos, con otras muchas tonterías aposentadas en su cerebro de muchacha, formaba un carnaval extraño, fantástico, con músicas y tipos enteramente suyos. Esta borrosa visión infantil duró muchos años, y siempre recordaba con plácida melancolía aquel carnaval veneciano escuchado por ella tras los cristales de su gabinete.