Alfonso y su mujer bajaban la calle Alcalá en un coche abierto. La animación era inmensa. Al llegar a la fuente Cibeles la multitud se bifurcaba, y mientras unos seguían por el Salón del Prado, hacia Neptuno, otros caminaban hacia la plaza de Colón.
Los coches descubiertos formaban mayoría, y en ellos lucían sus atractivos algunas jóvenes disfrazadas de pasiegas, de andaluzas o de gitanas; también había muchos niños vestidos a la antigua, con pelucas empolvadas, medias de seda, zapatos de charol con hebillas de plata, pantalón ceñido y largos casacones bordados que les azotaban las corvas; parecían comparsas de teatro, y sus perillas y bigotes postizos, de un negro betún, daban a sus tersas caritas una expresión de seriedad y vejez contrahecha que inspiraba risa. Entre ellos también mostraban sus atractivos las Pompadour de tres pies de estatura, semejantes a figuritas arrancadas de un abanico estilo Watteau.
Por entre las dos filas de coches, una de las cuales iba con la misma lentitud con que la otra venía, como los costados paralelos de una correa sin fin, pululaban bandadas de máscaras vocingleras: mujeres con disfraces varoniles cuyas piernas apenas podían moverse dentro de los pantalones en que un capricho de su dueña las aprisionó; hombres que cambiaban su traje por una enagua y un corpiño, comparsas de frailes rezadores que leían en un libro y echaban bendiciones; “bebés”, astrólogos, escoceses, locuras, moros, caballeros del siglo XVI, estudiantes, osos, enanos, lechuzas y otros mil abigarrados figurones y disparates.
Por las aceras discurría el público de a pie, y entre los trajes obscuros de los espectadores pacíficos, bullían grupos de máscaras retozonas que perseguían a sus conocidos para darles un confite y una broma: todo ello bajo un cielo azul que se deshacía en torrentes de luz.
En aquellas fiestas, consagradas al placer de los sentidos, Alfonso recordaba sus travesuras de soltero, y aunque ni su edad ni su posición de hombre casado le permitían ciertas distracciones, gustaba de hacer un extraordinario echando, como vulgarmente se dice, una cana al aire.
El extraordinario fué bien insignificante y se redujo aquel año a comer fuera de su casa, en una de esas fondas donde se sirven comidas desde diez reales en adelante: porque Alfonso, lo mismo que Consuelo, gustaban de sentarse de cuando en cuando junto a una mesa de pino, a la luz de un mechero de gas, aspirando el fuerte olor a guisos escapado de las cocinas y oyendo las voces de la plebe.
Aquella noche cenaron bien; cuando salieron a la calle, aún no eran las nueve: entraron en el Oriental a tomar café y luego se fueron a la Comedia. Ambos iban muy contentos.
—Es preciso—decía ella—hacer algo gordo, que suene, concho... para que salgamos en los papeles.
—¿Te atreves a ir a la Zarzuela?—propuso Alfonso, olvidándose de lo mal que están los casados en un baile público.
Consuelito Mendoza acogió la idea con regocijo.