—Sí, sí—dijo palmoteando—, eso es lo que yo quería, concho, sólo que no me acordaba.
—¿Entonces, no vamos al teatro?
—¡Quiá, qué disparate!
—¡Pues, ale!... Corriendo a casa, que no hay momento que perder.
Al cruzar de nuevo la Puerta del Sol, vieron a Montánchez.
—Si quieres pasar la noche conmigo—dijo Sandoval estrechándole la mano y sin detenerse—, ve a la Zarzuela; allí estaré yo.
El médico saludó quitándose el sombrero y repuso:
—No iré.
—¿Para qué le has hablado a ese gaznápiro?—exclamó Consuelo con el semblante contraído como si fuese a llorar—; ¿cómo te empeñas en hacerle partícipe de nuestras alegrías sabiendo que le odio y que donde él esté no puede haber sosiego para mí?
Alfonso, que comprendió su yerro, acudió a componerlo recurriendo al repertorio de sus ternezas, y como el enfado de la joven no era muy sincero no le costó trabajo tranquilizarla. A la una de la madrugada llegaron a la Zarzuela.