Consuelo vestía un capuchón azul con adornos negros, zapatitos de raso blanco y antifaz encarnado. Todos los palcos estaban ya vendidos y tuvieron que comprar dos entradas. Las luces, el calor y el ruido causados por la aglomeración de personas, produjeron en Consuelo un sobrecogimiento que la hizo aferrarse estrechamente al brazo de su marido; aquel espectáculo, tan nuevo para ella, la atraía y asustaba a la vez.

Entonces la orquesta no tocaba y los bailarines descansaban dando vueltas al salón: en el centro de aquella movible cinta de carne humana había muchos hombres que, no teniendo pareja, esperaban ansiosamente la llegada de nuevas mujeres. En los palcos se comían fiambres y se vaciaban botellas de Jerez, y en uno de ellos, ocupado por camareras y jóvenes de buena sociedad, un adolescente, en el colmo de la embriaguez, vertía el vino en el interior de su sombrero de copa, aplicaba los labios a las alas y bebía. En el escenario algunos bailarines disfrazados se habían rendido ya a las fatigas del baile y a los vapores de la bebida, y dormían profundamente tendidos boca arriba, con los brazos abiertos, los semblantes desfigurados por las pinturas, el sudor y el polvo, y teniendo aún en una mano la última botella vacía; mientras otros, que hicieron con su rabo de diablo una especie de cojín para sentarse y estar más cómodos, cenaban tranquilamente recostados contra la pared.

De repente, y cayendo sobre aquel polífino desconcierto producido por tantas voces que destempló la agitación y la borrachera, resonaron nuevamente los acordes de la orquesta, y aquella masa de carne empezó a ondular siguiendo el ritmo musical.

Consuelo, aunque sufriendo ya el malestar causado por el calor y la mucha gente, se dejó llevar por Alfonso a través de aquella multitud ebria de vino y de vicioso júbilo.

—¿Te sientes mal?—preguntó él inquieto.

—No—repuso la joven mirándole cariñosamente por las aberturas del antifaz—, estoy muy contenta.

Terminado el baile, Sandoval dejó a Consuelo un momento para saludar a varios amigos que le habían llamado: en tal momento un numeroso grupo de máscaras empujó a la joven hacia un extremo del salón.

Ella, toda medrosita y atortolada, sin fuerzas para resistir la avalancha, ni estatura para orientarse en aquel mar de cabezas, empezó a gritar llamando a Alfonso. Algunos desocupados, notando su turbación, se complacieron en aumentarla con sus voces y requiebros, y siguieron acosándola hasta acorralarla contra un ángulo del escenario. En esto la orquesta volvió a tocar y muchos quisieron bailar con ella: Consuelo, al principio pudo defenderse, pero después el miedo paralizó su lengua; un hombre medio borracho y disfrazado de diablo se arrodilló ante ella para verle el rostro por debajo de la sotabarba, y mientras con lengua estropajosa iba diciendo cuantas sandeces se le ocurrían, extendió la mano y la pellizcó una pierna; Consuelo dió un grito y retrocedió algunos pasos sin poder desembarazarse de otros importunos que, excitados por su cándido aspecto, abusaban de su turbación para manosearle los brazos y los pechos. Y ya empezaban a acongojarla, cuando rompiendo violentamente el grupo de hombres que en torno de ella se había formado, la forzó a bailar, cogiéndola por el talle, una máscara disfrazada de astrólogo.

La súbita presentación y el aire autoritario de aquella extraña figura, vestida con un rico manto de terciopelo azul cuajado de estrellas argentinas, sorprendió a todos, incluso a la misma Consuelo, que se dejó arrebatar.

El máscara bailaba sin decir palabra: al llegar al comedio del salón pasó Sandoval y la joven corrió hacia él dando un grito. Alfonso se volvió repentinamente, y viendo que el astrólogo procuraba retenerla por un extremo del capuchón quiso agredirle, pero algunos bastoneros le contuvieron y la cuestión no siguió adelante.