Cuando regresaron a su casa, Consuelito Mendoza, extenuada por las fuertes emociones de aquella noche de aventuras, no pudo resistir más y se desmayó.

VII

Las amistosas relaciones entre Gabriel Montánchez y Sandoval parecían haberse enfriado un poco: sólo de tarde en tarde se veían, y cuando Alfonso reprochaba a su amigo su tibieza, el médico se disculpaba alegando sus muchas ocupaciones.

Consuelo Mendoza celebró aquel retraimiento, pero a pesar de tan tranquilizadoras apariencias siempre recordaba con miedo la tarde en que Montánchez estuvo hablándola de amistad, quejándose de sus soledades y explicando su necesidad de ser querido por alguien; y sus palabras, sus gestos, el fuego que puso en su conversación y la extraña expresión de su mirada. En su lenguaje apasionado, la joven adivinó un amor criminal; y aunque Montánchez, o por prudencia o por miedo, no se declaró más francamente y todo ello parecía olvidado, Consuelo recelaba las consecuencias de esas tempestades que se forman poco a poco y sin ruido, y en un momento dado estallan con violencia aterradora.

Consuelo sentía cernirse sobre su cabeza aquel ciclón “pasional”; empezó por un puntito negro apenas perceptible y ya ocupaba el horizonte. Como a sus cándidos ojos de niña crédula Gabriel Montánchez se había ofrecido como un genio superior relacionado y hasta emparantado con los espíritus maléficos más poderosos del otro mundo, temía que el endiablado médico pusiera en juego para rendirla algún procedimiento sobrenatural, algún filtro o conjuro, alguna hierba milagrosa de ésas que, según afirman las viejas zurcidoras de voluntades, poseen la virtud de volver los corazones hacia determinados afectos. Y esto era precisamente lo que más miedo y repugnancia le causaba: la idea de que Montánchez poseyese el secreto de hacerse querer de ella, hasta estrecharla entre sus brazos alguna vez...

Cuando Sandoval cogía un periódico y leía la descripción de uno de esos sangrientos dramas de amor y de celos tan frecuentes en nuestro pueblo, Consuelo se echaba a temblar como si su conciencia la acusase de algo.

—¡Calla, por Dios—decía—; la relación de ese crimen me crispa los nervios! ¿Te parece bien que siempre, las pobrecitas mujeres, paguen el pato?

—Como que sois las únicas causantes de nuestras malandanzas y desventuras.