—Sí, ¿eh?

—Claro, ¿quién os manda ser tan guapas?

—Y a vosotros, ¿quién os obliga a ser tan viciosos?

—¡Toma... misterios del querer!...

—¡Ay, amigo, eso no está bien!... ¿De modo que el amante, el Tenorio callejero, que allana una casa sin pedir permiso y no vacila en hacer desgraciada a una familia por satisfacer un necio antojo, no merece castigo?

—Ése, también; el hombre por buscar... la mujer por dejar que la encuentren.

—¿Así que tú—agregó Consuelo riendo—eres uno de esos maridos matasietes que no perdonan a nadie?

—A nadie—repuso Sandoval distraído.

—¿Y matarías a tu contrario, Alfonsito?

—Como a un perro.