—¿De un tirito?

—O de dos; de todos los que hicieran falta.

—Naturalmente, porque si con el primero no tenía bastante...

—Repetía la dosis.

—¡Concho, qué miedo!... ¿Y a mí también me matarías?

—También; con otros dos o tres tiritos, según tuviera el pulso.

—¡Qué burro!... ¿Y después?...

—Después—contestó Sandoval que continuaba leyendo—, me pegaba otro tiro, o dos... ya digo que eso dependería de cómo tuviese el pulso.

—Necesitarías antes volver a cargar, porque las cápsulas se te habrían acabado ya.

—Naturalmente.