—Conque, ¿se habrían acabado, naturalmente?

—Muchacha, ¿quieres dejarme leer?

—Oye, Alfonsito—prosiguió ella bromeando y por agotar la conversación y la paciencia de su marido—, y después que todos estuviésemos bien muertos, ¿qué harían con nosotros?...

—Pero, ¿es que estás tomando informes para que nada te coja de susto?—preguntó Sandoval amostazado—; pues no sé lo que harían con nosotros; probablemente nos enterrarían de cara al sol... no sé... ¡Déjame en paz, tabardillo!

Estas conversaciones en que siempre descubría Alfonso los sanguinarios instintos de su celoso temperamento, preocupaban mucho a Consuelo; sin querer echábase a fantasear acerca del cúmulo inagotable de calamidades que caerían sobre ella si el Destino consintiese que sus tristes presentimientos se cumplieran y Montánchez la violentara o rindiera con sus hechicerías; pensaba en la horrible tragedia que entonces se desarrollaría entre aquellos hombres, y se veía sola, indefensa, arrodillada en el suelo llorando, sin fuerzas para separar a los dos rivales; y después calculaba las consecuencias de su caída...

Éstas dependían del resultado de la lucha. ¡Oh, no! ella no quería que Sandoval riñese con Gabriel Montánchez, porque el médico no era un hombre como los demás, sino un demonio que le vencería. ¿Pero, y si Alfonso quedaba triunfante?... Entonces ella también podía darse por muerta, porque Sandoval, en su exaltación, la aplastaría con el pie como quien mata una araña. ¡Qué miedo, morir así o estrangulada... y quedarse luego muy fea, con los ojos desencajados y la roja lengüecilla fuera de la boca!...

Si, por el contrario, Sandoval sucumbía a manos de Montánchez, ¡qué horror!... verle muerto y quedar entregada a las caricias de aquel otro tipo tan disimulado y tan hipócrita que tarde o temprano la mataría también...

A fuerza de discurrir en el mismo tema, esta idea llegó a dominar su espíritu; creía que el desastre iba a suceder de un día a otro y hasta extrañaba que nada serio hubiese ocurrido aún; era una pesadilla ineluctable, un espectro con la cara y las manos manchadas de sangre que la perseguía en el lecho, en la mesa, en el teatro.

El viaje se había fijado para el día quince de marzo.

La víspera de la partida Consuelo comenzó a sufrir ese vago sentimiento de temor que infunde lo desconocido. Como todas las mujeres de corazón sensible, nunca había fijado dique a sus afectos y amaba cuanto veía a su alrededor; y a colocar ordenadamente sus afecciones, se hubiera visto que la primera, la más grande, era la de Alfonso Sandoval, aun cuando este amor relegaba el de Dios a un impío segundo término; y después y en línea descendente, figuraban otro sin fin de amorcillos que no por su pequeñez eran menos reales ni dignos de ser apreciados; tales como el cariño que sentía por la cocinera, por el niño ciego que algunas tardes tocaba un violín implorando la caridad pública al pie de sus balcones, por el jilguero que alegraba la casa con sus trinos, por una sillita de cuero donde se sentaba a coser, por un dedalito de plata que la regalaron siendo niña, y por cuantos muebles y fruslerías estaban en contacto con ella. Separarse de todo aquello, aunque sólo fuese por un tiempo relativamente corto, era una necesidad que la afligía hasta el llanto, pues no sólo pensaba en sus penas, sino en las que por idéntico motivo sufrirían sus queridos chirimbolos, a los que, desde luego, suponía capaces de sentir pesadumbres de amor.