Aquella mañana la joven madrugó más que de costumbre y se asomó al balcón: el tiempo había cambiado, y un fuerte viento Sur empujaba rápidamente las nubes unas sobre otras: se padecía ese bochorno que precede a las tempestades; el cielo estaba nublado y de los nubarrones más bajos caían gruesas gotas que manchaban la calle de enormes viruelas negras.

Consuelo seguía en el cierre de cristales, mirando distraídamente las columnas de polvo que el viento levantaba, como esgrimiendo un escobón invisible; las puertas y ventanas se cerraban o abrían con estrépito, sacudidas por el ciclón; algunos cristales cayeron a la calle hechos pedazos y por la Puerta del Sol eran muchos los transeúntes que corrían detrás de sus sombreros.

Recordando su próximo viaje Consuelito tuvo miedo.

—¡Dios mío!—meditó—, ¿no quieres que me vaya?...

El resto de la mañana lo invirtió arreglando de nuevo su bagaje.

Debían de salir a la noche siguiente para Barcelona, donde embarcarían en el primer buque que navegase con rumbo a Italia.

—¿Y nos iremos de aquí aunque llueva?—preguntó Consuelo, que a un mismo tiempo temía y deseaba marcharse.

—¿Pues quién nos lo impide?...—repuso Sandoval—; el agua no molesta cuando se viaja en ferrocarril.

Después de almorzar, Alfonso salió a hacer efectivos algunos cheques, y como Consuelo no quiso acompañarle, acobardada por el mal cariz del tiempo, la cocinera y la camarera fueron las encargadas de comprar una maleta destinada a guardar los enseres de tocador.

—Oye—gritó Consuelo desde el gabinete a su doncella, que ya se iba—, cuando vuelvas llama con los nudillos para que yo te reconozca, o si no... llévate el llavín; mejor es, porque quizá tenga luego gana de echarme a dormir un rato...