Las mujeres salieron y la joven se puso a coser cerca del balcón.
El horizonte se había obscurecido completamente y la luz que penetraba por los visillos era escasa. Consuelo empezó a sentir miedo, miedo de saberse sola en aquella casa tan grande que parecía dormir bajo sus tapices y cortinajes, y recordando las cabezotas de yeso del despacho y aquel ensueño en que las vió animadas, volvió a temblar; a cada instante creía que caminaban por el pasillo los bustos de Cervantes o de Quevedo, asentados sobre dos piernas muy largas y negras como patas de langosta, y tan grande fué su aprensión, que hubo de levantarse y cerrar la puerta.
El viento silbaba en la calle produciendo, al quebrarse en las esquinas, lamentos lúgubres semejantes a suspiros. Consuelo dejó su costura y se asomó a la ventana: del cielo caían gruesos goterones que, por lo pesados, parecían de plomo, y causaban un ruido fastidioso al chocar contra el cinc del mirador; luego aquellos amagos de lluvia fueron aumentando hasta convertirse en espantoso aguacero.
La lluvia caía tan compacta que parecía un inmenso velo de gasa: los transeúntes, acobardados por el agua, se guarecían en los portales a esperar cachazudamente que disminuyese la fuerza del chaparrón, y sólo los muy impacientes seguían con el inútil paraguas abierto, el cuello de la americana levantado y los pantalones doblados sobre los tobillos.
Consuelo se retiró del balcón un poco mareada por aquel continuo llover, y al ir a sentarse repercutió el timbre de la puerta de entrada. La joven quedó inmóvil, con la quieta rigidez de las estatuas.
—¿Quién será?—pensó—; aún es muy temprano para que Alfonso vuelva... Es extraño, no adivino quién pueda ser...
De pronto sus facciones se contrajeron y llevóse ambas manos a la boca sofocando un grito de terror; se había acordado de Montánchez.
El timbre volvió a vibrar, y Consuelo salió al pasillo, dirigiéndose al recibimiento.
—¿Quién?—preguntó con voz trémula.
—Yo—repuso una voz de hombre que la joven no reconoció.