Acercóse a la mirilla de la puerta, mas no pudo distinguir nada porque el visitante estaba cerca de la pared.

—¿Y... quién es usted?—inquirió Consuelo, cuyas piernas flaqueaban.

—Gabriel, señora.

—¡Ay... no le había conocido!

—¿Puede usted recibirme?

—Alfonso no está...

—No lo sabía... pero eso no empece...

—Estoy sola.

—Vuelvo a repetir que su soledad no es un inconveniente.

—Pero...