—Deseo hacerles a ustedes un encargo, es asunto para mí de mucha cuantía; sé que se van mañana y no quiero desperdiciar la ocasión...
—No puedo...
—Haga usted un poder, se lo ruego...
Su voz era imperiosa. La requerida, aunque jadeante de emoción, aún quiso resistir.
—¡Vaya... que no puedo!
—¡Señora, tenga usted la bondad de abrir!
Los desfallecimientos físico y moral de Consuelo Mendoza fueron tan grandes, que casi perdió la conciencia de sí misma y no supo oponerse al mandato del médico; estaba acostumbrada a obedecerle: como un autómata abrió la puerta y entró Gabriel.
—¿No hay nadie?—preguntó.
—No, señor—repuso ella haciendo esfuerzos sobrehumanos por cobrar aplomo—, pero Alfonso no tardará en venir...
Este fué el único embuste que se la ocurrió, pues estaba segura de que Sandoval no regresaría antes de la noche. Se habían sentado en el sofá del gabinete, el uno al lado del otro: Montánchez estaba limpio, sin ninguna manchita de barro en el pantalón, como si acabase de salir de su cuarto.